Beber más café

Traté de asomarme al papel en blanco de noche. Lo manché de letras. A través de las líneas creé recuerdos inventados.
-Bébete tu café – decías de pie. Decías sentada. Decías por la ventana. Pude ponerte dónde quise porque no estabas. Siquiera dijiste eso. Tú nunca me animaste a beber más café porque no te di la oportunidad. Fin del cuento.
Y te enseño mi hoja con su historia inventada. Te sorprendes de estar en tantos sitios. Te sorprendes al ver que la blancura inmaculada de un folio ahora son mis palabras. Te sorprendes porque lo que está escrito antes no era nada, y ahora es. Aunque sea ser mentira. Porque una mentira existe, y antes de eso está el no ser, y eso es aún menos que nada.
- No entiendo lo que escribes. No entiendo tu humor. No entiendo la risa de mis labios. No entiendo el sonido de tu voz – dices. Pero eso es falso. Porque no lo has dicho. Yo lo he escrito.
Y miro la hora. Y siento sueño. Y me invento que te preguntas cosas. Y entre esas cosas, una soy yo.

 

El pozo

La gente concibe su vida interior de muchas formas. Los más afortunados son capaces de describirla como si fuese un cuadro. La conocen al milímetro. Sin sorpresas. Un conjunto en orden cuya entropía es cero.


Yo no dejo de pensar en hace una semana. Cuando cerraba los ojos y mi mundo interior era una selva. Desconozco la analogía que ha podido hacer mi mente. Esos momentos cuando cerraba los ojos y todo era verde y de noche. En mi mundo interior nunca es de día.
Podría hablar también de las veces que mi mundo interior ha sido un pequeño pozo. Lo hondo que ha sido, o es, depende de las palabras que encuentro para describir dónde queda su suelo. A veces salgo de él a voluntad. Otras me quedo atorado y me roba el aire sin matarme. Soy Tooru Okada en “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” cuando decido volver al mismo por propia voluntad y mirar al cielo.


Ahora mi mundo interior vuelve a ser las dunas metálicas de antaño. Sigo viendo el infinito. Veo el pasado. Veo el futuro. Veo una versión de mi más oscura. Veo una versión más clara. Sé que la vista es el sentido más sobrevalorado.


En todos mis mundos interiores. Todos los que no recuerdo y los que invente, está mi pozo. Hoy me acerco al mismo y da agua. Y bebo. Y pienso en mi selva.
Y tengo sed.

Sueños

Hablé con Helen hoy. Jamás nos pondremos de acuerdo. Cuando se fue de mi vida quedó la molesta tarea de las huellas que deja uno en el otro. Suficientemente profundas como para tropezar con ellas. Demasiado livianas como para que no sean importantes en una discusión.
Vuelve la sensación de ser un espectador de mi vida. De que los hechos tienen lugar y que yo no puedo cambiarlos. Vuelven pensamientos desterrados. Vuelve mi oscuridad.
En una sola semana he perdido a dos personas importantes de mi vida.
Vuelvo a casa. Pongo música y me tumbo en el sofá. Suena Días Azules de Iván Ferreiro. No quiero dormir. No quiero que el día se trasforme en el siguiente.

No quiero soñar.

Árbol

Imaginé un mundo en el que las palabras no podían existir. Imaginé que cuando hablaba como veía el árbol, sus vocales y consonantes, su tilde, cortaban sus preciosas hojas. Retorcían sus ramas engañadas por el significado recogido en sus letras insuficientes, menos siquiera que anillos en su tronco.

Imaginé en ese mundo leñadores dispuestos cuyas hachas eran manos en forma de bocina mientras gritaban “¡Árbol va!”. Y el árbol iba.

Por eso yo miro el árbol, sentado, feliz. En silencio.

Aunque me preguntes cómo es el árbol yo sólo te digo – “Ahí está” – y señalo con mi dedo.

Y el árbol agradecido me da sombra. En ese mundo interior mio.

Metro

El metro está lleno de mirantes del infinito. Ojos que trazan invisibles líneas esquivando otros ojos. Miradas a paredes, suelos, techos. Visiones de ventanas en cuyo escenario se adivina una pared oscura que se torna estación cada pocos minutos.
Algunos mirantes portan libros en sus manos. Portan su escape en forma de páginas junto al cálculo de andenes hasta su destino. Otros se amarran a las barras como si les fuese la vida. Observan sus muñecas igual que desconocidas, como si jamás hubiesen visto que tenían manos antes.
Siento que no quepo en mi cabeza.

Redecora tu vida

Podría agarrar lo intangible. Mentar lo reciproco y oír como me llamas tonto.

Conté los días desde que el Corazón Helado voló de mis manos en busca del suelo.  Más de 150 días de tus ojos marrones que parecen años. De tu pelo salvaje, de como me gustaba cuando recién te levantabas. Del olor de la habitación después de haber dormido. Mi corazón se ha inventado el hueco de que nunca ocupaste mi cama. El mismo, languidece ignorante porque aún no sabe que ya no habrá lugar a que te levantes antes que él para encontrarme el desayuno hecho. Que el secreto de mi ahínco por tener el carnet fue llevarte a ti en coche, por muy útil que me sea partir de ahora para mis cosas.

Oigo que dices que siempre parece igual cuando se pierde de esta manera. Nunca es igual. No para mi ahora que te conocí.

Ya sé esas cosas

Apenas tengo sueño cuando voy a la cama. Han pasado tantas cosas que mi mente divaga. Los huecos del día se llenan con trozos de lugares a los que fui en otro momento. Con gente que no he visto. Y es así. Una pobre caracterización de un día más. Sé que rincones de mi día son falsos porque no tienen olores, siquiera color. En su lugar queda un vértigo que no quería sentir más. Un aviso indicando que ahí hay un pozo.

Cuando duermo no pienso. Ya lo hago demasiado antes de que me asalte esa incosciencia. Pero cuando el sueño no llega, escribo. Me siento muy perdido.

Doblo mi té por la mitad, lo empujo contra mi boca.
No hay sonido en el ruido que hago cuando sorbo.
Miro mi taza. Mi infusión me espera.
No tiene a dónde ir cuando bebo.

Indiferencia

Llueve.

Me escondo en un abrigo mientras miro al cielo. Sé que no tengo nada para taparme la cabeza. Las paredes de la ciudad se llenan de gente que, como yo, deciden ir al resguardo de pequeñas cornisas que paran el agua. El suelo se vuelve vivo al mojarse. El ritmo de la ciudad cesa ante el sonido de flechas de agua contra el pavimento. Abandono la seguridad de los edificios. Me expongo al cielo y a su endecha de lágrimas. Empapo cien euros de abrigo con miradas de extraños que creen que he perdido la razón. Sonrío con el pelo pegado a mi cara.

Se hace tarde, y me da igual.

Frío

Bajo de mi casa en mitad de la noche. Mi piel recuerda las paredes, las mantas, un esquivo café. El frío son agujas sobre la extraña calidez de mi cuerpo.

- No perteneces a este mundo – le dicen. Mis manos son las primeras bajas del poco calor que aún conservo. El resto lo guardo bajo mi abrigo.

Enciendo un cigarro de forma torpe. Confundo vaho y humo. Soy mi propia criatura mitológica. Tatareo de forma torpe una canción entre calada y calada mientras miro al cielo, un abismo al que no caigo mientras mis pies sigan atados al suelo. Y pienso.

Nunca dejo de pensar.

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