Llueve.
Me escondo en un abrigo mientras miro al cielo. Sé que no tengo nada para taparme la cabeza. Las paredes de la ciudad se llenan de gente que, como yo, deciden ir al resguardo de pequeñas cornisas que paran el agua. El suelo se vuelve vivo al mojarse. El ritmo de la ciudad cesa ante el sonido de flechas de agua contra el pavimento. Abandono la seguridad de los edificios. Me expongo al cielo y a su endecha de lágrimas. Empapo cien euros de abrigo con miradas de extraños que creen que he perdido la razón. Sonrío con el pelo pegado a mi cara.
Se hace tarde, y me da igual.
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