El metro está lleno de mirantes del infinito. Ojos que trazan invisibles líneas esquivando otros ojos. Miradas a paredes, suelos, techos. Visiones de ventanas en cuyo escenario se adivina una pared oscura que se torna estación cada pocos minutos.
Algunos mirantes portan libros en sus manos. Portan su escape en forma de páginas junto al cálculo de andenes hasta su destino. Otros se amarran a las barras como si les fuese la vida. Observan sus muñecas igual que desconocidas, como si jamás hubiesen visto que tenían manos antes.
Siento que no quepo en mi cabeza.
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