Imaginé un mundo en el que las palabras no podían existir. Imaginé que cuando hablaba como veía el árbol, sus vocales y consonantes, su tilde, cortaban sus preciosas hojas. Retorcían sus ramas engañadas por el significado recogido en sus letras insuficientes, menos siquiera que anillos en su tronco.
Imaginé en ese mundo leñadores dispuestos cuyas hachas eran manos en forma de bocina mientras gritaban “¡Árbol va!”. Y el árbol iba.
Por eso yo miro el árbol, sentado, feliz. En silencio.
Aunque me preguntes cómo es el árbol yo sólo te digo – “Ahí está” – y señalo con mi dedo.
Y el árbol agradecido me da sombra. En ese mundo interior mio.