Estamos en la misma mesa. Yo te miro. Tú me miras. Nos separan una taza y un plato. Tu aún bebes con cuidado tu poleo menta.
Es la misma mesa. Pero vivimos en dos mundos diametralmente opuestos. Yo en mi abismo de café con leche. Tú en tu edén de hierbas hervidas. No se dice nada. Ahora no. Hay poco de decir. Quiero separar mis labios porque mi cabeza odia este silencio. Las palabras chocan con mis dientes cerrados antes de existir.
- ¿Qué piensas ?- dices.
Te miro de nuevo. Tus ojos marrones. Tu boca. Tu pelo suelto es el marco de los confines de tu rostro. ¿Qué pienso?. En besar esos labios. En la nada entre los dos. Pienso en sentimientos de cristal tan frágiles, que se hacen añicos al nombrarlos En pasar la noche juntos. En mi miedo a ser trivial en tu vida. En las cosas que hacen existir a las próximas veces. En el irreal número de cosas que decir, cuyo número algún alcanzaremos antes de que todo se acabe. Esta es la trescientos cuarenta y tres. En la existencia de una respuesta correcta que no veo, que ignoro y que no quiero hallar. Pienso en nosotros como humo. Frágiles, abandonando una llama. Portando un mensaje que no entendemos más que por quien lo observa. Pienso en humo.
Todo esto han sido dos segundos de mi vida.
- Pienso en que me apetece otro cigarro – Digo. No miento. Lo enciendo dando una larga calada. Formo sus letras con cuidado y me vuelco en él. Soy el mensaje. No sé mi significado.
- Siempre consigues que el humo se me venga encima – Respondes. Te miro con cariño. El humo abandona el cigarro. También mis labios. El mensaje se pierde mientras río y lo borro agitando mi mano.
Me borro.